2013/06/21

Representación política, crisis, ¿qué crisis?

Una primera observación respecto del título del curso. Se trata de un título que no especifica o matiza, y quizás la generalidad que se desprende facilita la inclusión de planteamientos muy diversos y un debate más abierto. Pero, a mi entender, el título escogido presupone que estamos en presencia de una crisis general y universal, visión que, podría pensarse, extrapola lo sucedido en algunos países, y en particular el nuestro, en los últimos años al conjunto de Estados que comparten un sistema político basado en la democracia representativa.

Sin embargo, si adoptamos una perspectiva mundial y de mayor alcance temporal, puede afirmarse sin temor, que este modelo de democracia se ha ido extendiendo, con mayor intensidad y rapidez desde los años 80 del pasado siglo hasta ahora, por lo que parece válido considerar que se trata de un modelo exitoso, y desde una concepción de la historia idealista, una demostración del inexorable progreso humano, por lo que los problemas con los que pueda encontrarse dicho modelo son coyunturales, limitados geográficamente, y debidos, en buena parte, a las circunstancias de crisis económica.


Frente a esta visión optimista, los críticos considerarían que existen suficientes muestras de que los problemas de que adolecen los sistemas de democracia representativa en los países occidentales desarrollados son profundos, estructurales, que afectarán cada vez en mayor medida al funcionamiento “ideal” del sistema político, y que, más tarde o temprano, también aparecerán en los Estados en los que hasta ahora no se han mostrado claramente, o que una visión excesivamente optimista, e interesada los ha ocultado.

El descontento y la desafección de los ciudadanos, puestos de manifiesto a través de diversos indicadores (desconfianza en las instituciones representativas, en los políticos y los partidos, abstención, aumento del voto nulo, en blanco o a candidaturas minoritarias, protestas sociales, aumento de particularismos, anomia social en algunos Estados) son hechos innegables, que afectan a un elemento esencial de la democracia representativa, la legitimidad del Estado.
Puede pensarse que los críticos, y las llamadas “crisis” del parlamentarismo y de los partidos políticos se han planteado recurrentemente, en algunos momentos con brillantez teórica y hasta fortuna política, como en los años 20 del siglo XX. Pero cada ciclo tiene algo de nuevo, además de que incorpora, y aprovecha las aportaciones anteriores y la experiencia histórica.

Frente a la situación actual, no hay todavía una alternativa política basada en los valores irrenunciables para la cultura política mayoritaria (libertad, igualdad-justicia). Todas las aportaciones teóricas y políticas pasan por mejorar y reforzar aspectos de la institución principal de la democracia representativa, el parlamento, o, en ningún caso, por su sustitución o desaparición.

Son conocidos los otros modelos teóricos de democracia que han formulado propuestas. Por ejemplo, los teóricos de la democracia participativa proponen crear espacios de participación, utilizar las TIC para relacionarse con el ciudadano, o la delegación de competencias en comunidades “inferiores” o en organizaciones sociales etc. y desde la democracia deliberativa se proponen medidas para mejorar la profundidad y la calidad de los debates, la transparencia para mejorar el conocimiento de los argumentos, etc., propuestas que merecen atenderse y articularse, y el parlamento debe jugar un papel crucial en este proceso, que en definitiva supone asegurar su supervivencia reforzando su capacidad (una vía, a mi entender positiva, consistiría en elaborar menos leyes, pero mejores, o más desprovistas de regulaciones superfluas y con mayor debate en su elaboración, con intervención de expertos y ciudadanos, y utilizando Internet; por otro lado, convendría hacer más eficaces los instrumentos para parlamentarios de información y control).

Pero también deben cambiar los partidos, y no sólo mediante algunos cambios formales, sino en su conexión con los ciudadanos, e incluso en su función, recuperando un papel pedagógico y de agitadores de conciencias, por un lado, pero también, por otro, vehicular el interés por lo “común”, y al mismo tiempo reforzarlo asumiendo las iniciativas que en este sentido se generen en la sociedad ejerciendo un papel de mediador con el poder.


Texto de Xavier Muro Bas 

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