2013/06/06

¿Ha muerto el parlamento?


Todos los sistemas, por muertos que estén, mantienen su organización jurídica, sus ritos y símbolos mucho tiempo después de haberse extinguido. Así, cuando Luis XVI fue llevado a la guillotina, la monarquía absoluta francesa hacía años, antes incluso de la Revolución, que había dejado de existir. Lo mismo ocurre ahora. ¿Creen ustedes que en España pervive el Estado de Derecho? En absoluto, los partidos no expresan el pluralismo y se han convertido en organizaciones de intereses, basadas en la profesionalidad de sus miembros, que utilizan, es posible que inconscientemente, la coartada ideológica para subsistir. El poder ya no es un instrumento de lucha política sino un medio para la renovación o el mantenimiento de las “castas” que se valen del sistema electoral para justificar su legitimidad.




¿Y el Legislativo? En su momento, Blackstone declaró con solemnidad que su poder es absoluto y sin control: “En verdad, lo que hace el Parlamento ninguna autoridad sobre la tierra puede deshacerlo”. El pobre no tenía la menor idea de su futuro. No solamente está perdiendo progresivamente parcelas de soberanía, que era lo que le dotaba de independencia. La razón y la sabiduría que estaban en él representadas han sido sustituidas por la disciplina tiránica de los grupos. Los mejores de todas las clases sociales que, mediante la palabra, expresaban la final voluntad popular ya no están allí, entre otras razones, porque esas mismas clases han desaparecido, sólo cuentan las masas. El debate, al menos el ideológico, ha muerto también.

Por su parte, la jurisdicción penal, que constituía la última ratio del Estado, ha perdido su independencia. Las exigencias de publicidad, necesarias para asegurar la transparencia del poder, han llevado progresivamente a que los medios de comunicación ejerzan una influencia de tal índole que al final el resultado de los juicios estará subordinado al veredicto de la prensa. El proceso se convierte en un espectáculo en el que todo dependerá no del rigor, el resultado de las pruebas o la formación de los jueces sino de la fuerza de los estados de opinión y de su capacidad de demagogia.

Las construcciones de los hombres mueren, es su sino y todos los seres maduros son conscientes de ello. Cuenta Lamartine que Luis XVI intentó dirigirse a la multitud inmediatamente antes de arrodillarse ante la cuchilla. Los tambores lo impidieron, ya era demasiado tarde para hacerse oír. Un nuevo mundo nació entonces basado en los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, la belleza también. Dos siglos después, las instituciones en que se expresaron están en peligro. La historia funciona como una cruel guillotina que no se detiene ante nada, y cuando nos toque a nosotros no se parará.

Texto de Plácido Fernández-Viagas Bartolomé 

4 comentarios:

  1. "La ciudadanía tiene que levantarse cuando los políticos pierden el rumbo" (Hördur Torfason, poeta islandés)

    ResponderEliminar
  2. Pero, ¿qué ciudadano debe levantarse? Las masas fascistas también estaban integradas por ciudadanos, algunos pretendidamente cultos. La democracia directa a lo mejor no asegura otra cosa que la tiranía de la mayoría, y no hace falta leer a Burke para constatarlo.

    ResponderEliminar
  3. Ayer leo la noticia de que Suiza aprueba por referendum un endurecimiento de las condiciones de la ley de asilo. ¿El pueblo siempre tiene razón? ¿hay que poner límites a la democracia directa? Los derechos humanos son conformadores de la democracia. Sin derechos humanos no hay democracia y sin división de poderes tampoco.

    ResponderEliminar
  4. ¿Preguntas si el pueblo siempre tiene la razón? Lo que yo me pregunto es si un gobierno (que dice representar al pueblo, pero vaya ud. a saber) se equivoca más o menos.

    ResponderEliminar