2013/06/28

Democracia cautiva

Nuestra democracia está cautiva. Se han apoderado de ella un grupo de personas que definen los destinos de los ciudadanos y fijan la frontera entre el bien y el mal, lo legal y lo ilegal, según su propia conveniencia.

Se parapetan tras el escudo de los partidos políticos que funcionan como auténticos reinos de taifas.

Se da un auténtico mix entre la actividad política de los miembros de los partidos y el carácter privado de éstos, coartada que se utiliza para convertir a estas asociaciones en una suerte de agujero negro: el partido ingresa subvenciones de origen público y, gracias a su naturaleza privada, en una suerte de metamorfosis pecuniaria, transforma ese dinero en privado y, por tanto, puede revertir a los mismos que otorgaron la subvención en forma de sobresueldo, compatible, por tanto, con sus emolumentos públicos.

¿En qué se diferencia esta operación del blanqueo de capitales? En este último caso, se pretende transformar en legal el dinero negro; en aquel se convierte en dinero privado compatible el dinero público incompatible. En ambos, el dinero puede tener una procedencia lícita, aunque en el segundo el choque con la ética es brutal.


Los actores son siempre los mismos. La única diferencia es que mutan su papel: el antaño protagonista es hoy actor secundario, y a la inversa.

Los discursos están esclerotizados por la pesada carga histórica que gravita sobre cada uno de los contendientes, y se reducen al «y tú, más».

Al «Usted no puede gobernar con la amenaza de que el Sr. Bárcenas se vea afectado una mañana por un ataque de honradez», se responde con « Su partido fue condenado por financiación ilegal».

Al «Usted ha incumplido su programa electoral de revalorizar las pensiones de acuerdo con el IPC y por ello no está legitimado para gobernar», se responde con « Su partido las ha congelado».

Hace falta una renovación a fondo de la clase política. Hace falta una dosis de aire nuevo, de frescor, de nuevos aromas que no lastren el discurso con el «y tú, más». Hace falta que los protagonistas no tengan historia y que, por ello, no hablen del pasado, sino del presente y del futuro. Los ciudadanos necesitan ilusión, ideas nuevas, expectativas. Hace falta poner el contador a cero e iniciar, a partir de ahí, una nueva singladura democrática que atienda a los problemas de las personas, de la sociedad. La demagogia que monopoliza los discursos es, como decía Aristóteles, la corrupción de la democracia.

Mientras no nos esforcemos en evitar que se reproduzcan los tristes escenarios descritos, nuestra existencia, la de todos, será una kk.

De ahí que venga muy a cuento la máxima de Bernard Shaw «Los políticos y los pañales han de cambiarse a menudo y por las mismas razones».

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